Adiós escarlata

Veintisiete años ya de por sí era mucho tiempo, fueron las últimas palabras que susurró su mente para sus adentros enmarañados, confundiéndole las ganas que la habían llevado hasta ahí, pero fue en vano. Todo había sido en vano. El agua entintada de carmesí acariciaba su cuerpo desnudo como si se tratase de un amante de tiempos antiguos besando su piel precavidamente para no asustarla; regresando para reclamarla a su lado, como diciéndole al oído: Ya todo está bien; aquí estoy contigo al final de todas las cosas. La muerte era su compañero de partida, y la deseaba, la deseaba demasiado.

Los sonidos del exterior habían sido amortiguados por las contracciones internas. La sangre se le estaba escapando del cuerpo. No quiso retenerla. Sus latidos se diluían en un pausado vals que por acompañamiento llevaba el glú-glú del grifo de la bañera que chorreaba paulatinamente, pero siempre insistente, aún después de cerrado, y el piar de las aves que con dulzura saludaban a la mañana que rompía esplendorosa y dorada. Los intentos desesperados por calmar el miedo que, segundos antes de dejarse ir, había comenzado a acrecentarse en las raíces de su espíritu y en la punta de su cráneo habían desaparecido para cuando dejó de escuchar. El mutismo previo a la nada era consolador.

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Fruto de Mesalina

Susana atada. Susana desnuda y sometida. Susana con esposas. Susana vendada. Siempre dispuesta, nunca satisfecha. El sexo se le volvió un deporte y ella su deportista; una especialista impetuosa en la flor de la vida. Ya no siente las manos si no están atadas. Le gustan las muñecas punzando violentas por romper con las mordazas y las venas marcadas por la falta de circulación moreteándole la piel de porcelana con tonos violetas y verdes, magullándole la dignidad hasta llevarla al estado de éxtasis que tanto le entusiasma. El juego es más placentero para ella que para los extraños que se lleva a la cama todas las noches, siempre uno diferente, jamás el mismo cliente; hombres maduros, en su mayoría, con más dinero para gastar que vida para cumplir con todas las perversiones que no pudieron llevar a cabo con las damas con las que se casaron; varones viejos, temerosos de que la muerte se los lleve en su regazo antes de que puedan practicar un último encuentro sadomasoquista con una señorita, virgen de preferencia, que se preste por unos cuantos pesos a sus antojos. Patéticas escorias vestidas con finos trajes. A Susana no le importa nada de nada, ni la edad ni el dinero. Uno no debe reprimirse de los sueños por más infaustos que sean, por más degradantes y viles, animales y bravíos, y el saberse objeto del deseo masculino es el suyo desde niña.

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Ella y el otoño

 

Sentía una extraña incomodidad dentro del cuerpo, algo así como cuando uno recibe un fuerte golpe en el estómago, o como cuando, de niña, el viento la ahogaba a través de la ventana abierta del automóvil de sus padres, un tipo de asfixia. Le faltaba el aire y en más de una ocasión tuvo que hacerse valer de todos sus recursos para no caer al suelo. Empero, justo cuando estuvo a punto de romper en lágrimas y dejarse ir, la vista se le nubló súbitamente y todo se iluminó. Sus pupilas se dilataron por tanta claridad y creyó que ya no percibía detalles, sólo siluetas, sombras y frías luminiscencias, condición inusual pero agradable. Desfallecía, poco a poco, como si se estuviera convirtiendo paulatinamente en espuma, o al menos eso era lo que ella sentía. Lo que comenzó con un dolor agudo y un corazón roto, ahora se le revolvía dentro de las entrañas en una rara mezcla y la regresaba a la vida en un estado de éxtasis pleno, un tipo de dulzura erótica, algo imposible, ambivalente. Ella era el ser más extático sobre la faz de la tierra en esa tarde de otoño, y nadie lo sabía.

 

 

 

(Foto de.flickr.com/destempsentemps)

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Sé lo que estás pensando

Por la forma en que me miras, sé lo que estás pensando. He detectado ya en otras ocasiones la incertidumbre y asombro en tu mirada; un dejo de nostalgia se aloja ahí. No puedes concebir que la alegría de vivir se me escape tan rápido de un día a otro, a veces en unas cuantas horas, y sin aviso alguno que pueda prevenirte de mi transmutación. Para bien o para mal, las penas que alguna vez ensombrecieron mi alma se me asoman de vez en cuando hasta por los poros, las transpiro, así como lo hago con tu amor cuando se me da la gana, porque, a decir verdad, sí te amo. Pero no sólo esas penas comulgan dentro de mí, sino también una vieja felicidad ya olvidada que siempre busca la forma de revivir con cualquier roce de tu piel contra la mía.

Te amo tanto que poco me importaría despojarme de toda posesión y miedo sólo para seguir tus pasos a donde quiera que éstos fueran, así como para jurárselo a Dios, al cielo y a todas las estrellas juntas.

Piensas que una criatura tan frágil puede desmoronarse hasta los cimientos en un abrir y cerrar de ojos con cualquier soplo de viento, hasta del más tenue y gentil, y creo que por lo mismo eres tan cauteloso con lo que haces, con lo que tu lengua pronuncia. Dicen que no hay que fiarse de las palabras, pues con el tiempo uno puede volverse esclavo de éstas. No es así. Justamente esa debilidad mía se me fragmentó en un sinfín de cicatrices, pero ahí reside mi mayor fortaleza, ¿ves? Ya nada me sorprende y a veces todo lo hace; tú lo haces.

Todos los días, cada una de las noches que he pasado a tu lado, la vida se me ha vuelto infierno y paraíso al mismo tiempo; van de la mano, como amigas, como amantes en dulce caminata, acompañándome con su presencia y vigilando cada acción, cada detalle, cada pelea, cada flor. Una eterna maldición si así lo quisieras ver. Para mí, la única forma que conozco de existir.

 

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Mamá

Incluso después de tantos años, la recuerdo con su largo vestido floreado de tonos rosados y violetas que se le ceñía al talle de manera soberbia y deliciosa. Su larga melena asemejaba al sol que se incendiaba cada día para luego morir y cederle el paso a la luna, el mismo color azafranado de un atardecer, con unos rizos delineados que le colgaban desde arriba, bailando con el viento, siguiendo sus andanzas, para acariciarle suavemente la cintura. Su rostro estaba salpicado de graciosísimas pecas, así como sus manos que vestían unas finas manchas que parecían más joyas reales que borrones de piel. Cierro los ojos y evoco a mi madre rociándose el cuello con un perfume amargo y a la vez dulce que sólo podía quedarle bien a ella.

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Mictlán

De donde él viene, la muerte es pan de cada día; uno puede respirar su aroma a cobre hasta en las copas de los árboles más altos. En el Mictlán uno se acostumbra a convivir con los demonios, por mucho o poco que estos sean, o no, de su agrado, y ya casi no les hace ruido a sus habitantes verlos.

Aunque para él y para todos los que le conocen el Mictlán no se trate de un inframundo prehispánico como tal, sino de una facción podrida e infecciosa de asesinos (misma que se autodenomina con ese nombre) salida de un barrio que ni siquiera figura en los mapas de la región, sí les merece algo de respeto, y, para el caso, es lo mismo.

Bien le decía su abuela que no se involucrara con semejante especie, pero en los confines inhóspitos del mundo es imposible no hacerlo, ni por casualidad ni por elección.

No habría podido seguir el sabio consejo de la anciana, ni aunque así lo hubiera deseado, pues, en la miseria, la sangre por sangre es la única forma de sobrevivir.

Los del Mictlán mueren cada día para renacer al siguiente con un nuevo rostro

Al exhalar el último aliento, el miembro caído de la hermandad viaja hasta la vida próxima sin un nombre, pues éste pasa a ser de la posesión del próximo elemento elegido del grupo. Así ha sido desde tiempos remotos. Todos son iguales. Nombres reciclados, almas corrompidas. Ellos mueren cada vez y regresan bajo la forma de un mismo nombre decidido a vengar.

Él ya no es él.

Su alma se eleva como espuma hacia las copas de los árboles que huelen a muerte. Su nuevo “él” deberá morir también un día y renacer de nuevo hasta la eternidad de los tiempos.

 

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Razones para amarte:

Porque, a pesar de conocerte de pies a cabeza, cada día descubro algo nuevo en ti; porque hasta tus defectos se vuelven virtudes cuando me miras a los ojos y me dices “te quiero”, y, aún en esas ocasiones en las que estoy molesta contigo y trato de no mirarte de vuelta para no volverme vulnerable a ti, me mueves el mundo entero  y me sacudes todas las ideas que creía ciertas; porque no puedo concebir que existan tantos talentos y maravillas en una sola persona; porque eres mi tesoro y mi héroe al mismo tiempo; porque te he querido desde hace tanto que ya ni recuerdo cuándo empecé a hacerlo, pero estoy segura de que quiero seguir sintiéndolo.

No recuerdo el día exacto en el que comenzamos nuestra relación, pero sí recuerdo que fue por estas fechas y que fue en enero; lo que significa que han pasado ya seis meses. Tal vez no pueda darte los regalos que quisiera ni invitarte todas las salidas y viajes que me he imaginado contigo, porque créeme que lo he hecho incontables veces, pero puedo intentar escribirte sobre todos los motivos que tengo para amarte todos los días un poquito más.

Te amo porque haces de mi mundo un lugar mejor para estar; porque mientras más te abres conmigo más me arrepiento de no haber estado ahí desde que te conocí; porque, aunque nos tardamos años, nos volvimos a encontrar. Te amo porque con un abrazo, un beso o una caricia tuya siento que no me hace falta nada más en esta vida (todo lo demás se vuelven lujos que, por más gratos que sean, no pasan de innecesarios). Te amo porque no pasa un día en el que no te deseé, en el que no piense en ti ni me emocione de recibir un mensaje tuyo deseándome un buen día. Amo despertar contigo y amo verte dormir. Amo que me hayas dicho en Puebla que necesitaba ver cómo me veían tus ojos para entender cuánto me querías.

Recuerdo muchas cosas, tal vez más de las necesarias, y probablemente haya algunas que ni al leerlas las reconozcas. Pero es que para mí recordar es volver a vivir y, más importante, no dejar perder esos momentos en mi cabeza. Recuerdo todas y cada una de las veces que te vi desde el día que apareciste en mi vida.

Amo tus ojos y tu sonrisa, amo el sonido de tu risa que me inunda el alma y me contagia de alegría. Y tal vez pueden sonar cursilerías, pero estoy tratando de decirlo con la cabeza fría.

Amo cómo me explicas las diferencias entre la madera de tus bajos y amo escucharte tocar. Amo tu profundidad, y que aunque siempre intentes lo contrario, sigas siendo sensible ante todo lo que ocurre a tu alrededor. Amo sentirte tanto, no sólo en cuerpo sino en espíritu, cuando me haces el amor.  Amo haber visto una luna roja contigo sólo para amanecer en la azotea abrazada de ti en un sillón.

Hugo

 

Amo tu pasado y lo que eres ahora, amo tu historia y todo lo que me platicas de tu infancia, de Elizabeth y de tu familia; amo que en un lugar como en el que vivimos existan diamantes como tú. Amo tu brillo y que fascines a cada persona que te conoce. Amo que aún conociendo a todos mis demonios sigas esforzándote porque estemos bien.

Hoy sé que hace cuatro años en una fiesta se acercó a mí la persona correcta y la dejé pasar. Hoy sé que no voy a volver a cometer ese error. Me preguntaste si quería seguirte queriendo y mi respuesta fue “sí”.

Sí quiero.

¿Y tú?

 

Huguito y yo copy

Felices seis meses.

 

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