La ventana: Cadáver Exquisito por M. Tlemgm, Hugo Cantú y Laura Estefanía Duque

Se percató de que el alma se le estaba echando a volar, lo notaba porque sin salir de casa y sin que hiciera frío, un vaho blanco le manaba de la boca. Recordó haber leído en alguna ocasión sobre eso. Un escalofrío comenzó a treparle desde la rabadilla hasta los tímpanos. Sintió un zumbido en las orejas que más que zumbido, era un susurro. Una tenue voz le hablaba, y él podría jurar que sintió una brisa cerca del oído, como si alguien se le hubiera acercado lo suficiente como para sentir su aliento.

La voz era gélida y desconocida, parecía no tener género ni edad y no le parecía humana. ”Tal vez estás siendo paranoico”, pensó. Sintió miedo de sugestionarse a tal grado que, vuelto loco de angustia y exasperación, su corazón realmente se detuviera. La mente adquiere un poder terrible cuando la liberamos. Pero la voz era insistente, sobre todo en las mañanas. Le despertaba con un saludo firme. Él trataba de ignorarla y se repetía que sólo era su imaginación. Desde que ese extraño vapor se le escapó de la boca y la voz se hizo presente en su vida, comenzó a sufrir migraña; su piel comenzó a verse traslúcida y sueños extraños habitaban en su almohada. Pero él ignoraba todo lo que le estaba sucediendo -o al menos eso intentaba-. Cuando escuchaba la voz se miraba al espejo y le sonreía a su reflejo mientras se repetía ”esto no es real, es sólo un zumbido”

Aún así, fuera imaginación suya o realidad, la voz parecía no querer soltarlo pronto. Él aguantaba, como sostenido por una fuerza divina. Un par de ojeras verdosas y abultadas empezaban a colgarle debajo de los ojos. Aunado a todos los pensamientos fatídicos que lo acosaban y perseguían día y noche, así como a los nervios que lo traicionaban, el frío constante y el tiritar que no le daba descanso, había perdido mucho peso y su salud flaqueaba. Una tarde, la voz decidió mostrarse tal cual era. Escuchó un ruido en las ventanas, más como un chasquido, algo estaba arañando el vidrio. Él quedó petrificado, pero la negación que había desarrollado a lo largo de ese tiempo, le dio valor para asomarse a la ventana y ver de dónde provenía aquella voz que ya no estaba susurrando tras su nuca ni a lado de ningún oído, sino afuera de su casa. Se dirigió hacia la ventana y notó que el cielo estaba gris y el frío era desgarrador. Tomó una manta, se envolvió muy bien en ella y abrió la ventana. Algo rápidamente se metió; una mancha pesada y de negro espeso. Pasó tan rápido que él no pudo distinguir qué era. No supo a dónde había parado aquella mancha, así que empezó a observar cada rincón de su habitación, pero buscó en balde. Todo era dolorosamente silencioso, él se acurrucó en un rincón, a esperar. No sabía qué esperaba, pero ahí estaba: expectante. Después de un rato, volvió a escuchar la voz que estaba cerca, muy cerca. Se guió por sus oídos y se dio cuenta que la voz provenía debajo de su cama. No tenía mucho qué perder, pues, a fin de cuentas, sabía que estaba encerrado en la habitación con la cosa que se escondía debajo de la cama. Nadie lo escucharía gritar. Estaba solo. La voz seguía presente, sólo que en vez de llamarlo, reía. Una oleada de náuseas golpeó su pecho. Se arrodilló, tratando de aguantar la respiración. El sudor corría por su frente; el vello de los brazos se le erizó. Se asomó de golpe, pero la sombra había desaparecido. Se tranquilizó un poco, pero, justo cuando estaba por ponerse de pie, una mano se posó en su hombro. Y más que mano, sentía unas patas de insecto que penetraban en sus poros. Él se estremeció, seguía agachado; apretaba su estómago y el cuerpo se le endureció como si el ser tan sólido fuera a sumergirlo en el piso. Pero nada pasaba, la tierra no quería tragárselo. ”Aquí estoy, amigo mío”, fue lo que la voz le dijo. Lo que transmitía aquella… cosa, ya no eran susurros, sino una voz grave y divertida, de alguna manera, fraternal; y mientras decía eso, él sentía más insistente el tacto de aquellas patas en su hombro. Como si las patas tuvieran dedos y estuvieran dándole un apretón a su carne cual mano amistosa que estrecha a su ser querido más cercano.

La sangre se le heló y quiso hablar, pero no pudo. Era el final, y él lo sabía muy bien; era una certeza que le nacía desde lo más profundo de las entrañas. Volteó lentamente, queriendo retrasar el encuentro con la bestia, abrazarse lo más posible al tiempo que le quedaba. Por fin, después de tantos meses, se manifestaba. Las patas se le hundían cada vez más en la piel. Cerró los ojos de golpe al encontrarse frente a frente con la criatura, pero al cabo de un segundo que se le hizo eterno, los abrió. Ahí estaba. Un horror descarnado se apoderó de él. Ya no podía quitarle la vista de encima. El ente tenía su mismo rostro, a excepción de las espeluznantes garras y los ojos, que eran negros y muertos, como si dentro llevaran un abismo; el cuerpo también era diferente, el de una alimaña peluda de color azabache. La muerte era él mismo y lo miraba de vuelta. ¿Él era la muerte? Sí, era su fin, o eso pensaba. Aquel reflejo de sus propias perversiones se acercó más a él y ahí pudo ver con más horror los rasgos de aquella criatura. ¡Era exactamente igual a él! Salvo por los ojos, las garras y el pelambre puntiagudo, aquella bestia tenía sus mismos rasgos; las mismas arrugas, inclusive, la misma voz. Sus rostros quedaron frente a frente, pero él aún no se levantaba del suelo, no sentía ningún músculo, su cuerpo no respondía. Sólo sus ojos podían moverse recorriendo cada ápice del rostro de aquel ser. Ambos quedaron a una distancia muy reducida, él se perdió ahora en aquellos ojos negros e infinitos que absorbieron su mente, como si fueran un portal. De pronto se encontraba flotando en medio de la obscuridad. Ya no veía el rostro de aquella bestia, sólo había negro. Comenzó a escuchar los mismos susurros del principio que tenían forma de bolas de fuego. ”Síguenos”; le dijeron, y sin él siquiera intentarlo, algo lo impulsó hacia el camino trazado de luz. ”Yo soy tú” canturreó una que voló alrededor de él.

Poco a poco comenzó a notar una luz. Ya no estaba en un vacío absoluto, sino en una especie de túnel.

Entre tanto, abrió los ojos y se encontraba en un lugar blanco y luminoso. Habían ruidos y sonidos que marcaban un ritmo. Ese ritmo lo había escuchado antes. Podría decirse que el sonido era agudo. Sin embargo, el ritmo era constante y le recordaba a algo que ya podía reconocer. Era un latido. Pero el sonido provenía  de una fuente eléctrica. Miró hacia el resto  de su cuerpo. Estaba cubierto de blanco, como la sabana que tomó. Sin embargo, poca fuerza tenía para levantarse. Escuchó voces de alguna persona y se alertó. Esa voz también  la reconocía. Era su madre quien gritaba:

“¡Enfermera, venga pronto, mi hijo  ha despertado!  ¡Por fin! Gracias, Dios mío, que ha salido del coma…

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Los dobles

Yo siempre he sabido que tenemos al menos un doble en algún lugar del mundo, José. Hazme caso. Te digo que a mí una vez me pasó en mi pueblo mientras cruzaba un puente. Fue muy rápido; la verdad ni me acuerdo. Pero también le pasó a mi tía Alicia, que, cabe recalcar, era la más noble de toda nuestra estirpe. Mi madre contaba una anécdota similar sobre la pobre tía; jamás supe si era real o meras divagaciones y quimeras, pero siempre le puse mucha atención a esa historia. Decía que la tía -de joven- caminando se encontraba entre sombras y reflejos de cristal una tarde, de esas frías, en un mes otoñal, cuando, de improvisto, una curiosa silueta se congeló frente a ella. Estaba estática y la luz le pegaba por la espalda, por lo que la tía no pudo distinguirle la cara; con todo y eso, sabía que ella la estaba observando de vuelta. Podía adivinarlo en los poros de la piel que se le enchinaban y en el ambiente estático y tenso. Y, en ese momento, lo sintió, eso que dicen de los momentos cruciales que parecen durar más de lo que realmente lo hacen, y supo que algo terrible estaba por suceder. La sensación de lucidez previa a la locura le volteó el estómago como cuando uno voltea una naranja para comérsela desde dentro. Y fue como si un manojo de arañas le trepara por la espina y le nublara las pasiones de los sentidos. El aire vibraba cargado de invisible magnetismo. Nevaban hojas entre la extraña y ella. De pronto, el terror se apoderó de su templanza y percibió la sangre de sus venas correr deprisa con vértigo. Ese rostro suyo, el de la silueta, era el mismo suyo, el de mi tía. Su cabello variaba de tono, entre castaño y color trigo, dependiendo de la luz del sol. Se estaba viendo a sí misma, y ella misma, su silueta, se veía también a ella, mi tía.

La otra tía, la intrusa, colocó un dedo enguantado sobre sus labios. Shhhh, pareció decirle. Seguro estoy de que la tía Alicia cayó de bruces al suelo. Uno no aguanta esos sustos, ¿no cree, compadre? Si le digo que a mí una vez me pasó, y eso que no estoy tan seguro como la pobre tía. No sé si fue eso, o los azares del destino, pero la tía murió dos meses después. Desde entonces, compadre mío, nadie me quita de la cabeza que cuando uno se encuentra a sí mismo parado ante él y tiene un contacto visual, aunque dure pocos segundos, está teniendo un diálogo silencioso con la muerte y su fin llega pronto. Por eso, aunque no me lo creas, yo volteé la mirada esa vez en el puente, y seguiré haciéndolo, pues yo lo que menos quiero es que un día de estos la muerte me encuentre los ojos.

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La ventana: Cadáver Exquisito por M. Tlemgm, Hugo Cantú y Laura Estefanía Duque

Se percató de que el alma se le estaba echando a volar, lo notaba porque sin salir de casa y sin que hiciera frío, un vaho blanco le manaba de la boca. Recordó haber leído en alguna ocasión sobre eso. Un escalofrío comenzó a treparle desde la rabadilla hasta los tímpanos. Sintió un zumbido en las orejas que más que zumbido, era un susurro. Una tenue voz le hablaba, y él podría jurar que sintió una brisa cerca del oído, como si alguien se le hubiera acercado lo suficiente como para sentir su aliento.

La voz era gélida y desconocida, parecía no tener género ni edad y no le parecía humana. ”Tal vez estás siendo paranoico”, pensó. Sintió miedo de sugestionarse a tal grado que, vuelto loco de angustia y exasperación, su corazón realmente se detuviera. La mente adquiere un poder terrible cuando la liberamos. Pero la voz era insistente, sobre todo en las mañanas. Le despertaba con un saludo firme. Él trataba de ignorarla y se repetía que sólo era su imaginación. Desde que ese extraño vapor se le escapó de la boca y la voz se hizo presente en su vida, comenzó a sufrir migraña; su piel comenzó a verse traslúcida y sueños extraños habitaban en su almohada. Pero él ignoraba todo lo que le estaba sucediendo -o al menos eso intentaba-. Cuando escuchaba la voz se miraba al espejo y le sonreía a su reflejo mientras se repetía ”esto no es real, es sólo un zumbido”

Aún así, fuera imaginación suya o realidad, la voz parecía no querer soltarlo pronto. Él aguantaba, como sostenido por una fuerza divina. Un par de ojeras verdosas y abultadas empezaban a colgarle debajo de los ojos. Aunado a todos los pensamientos fatídicos que lo acosaban y perseguían día y noche, así como a los nervios que lo traicionaban, el frío constante y el tiritar que no le daba descanso, había perdido mucho peso y su salud flaqueaba. Una tarde, la voz decidió mostrarse tal cual era. Escuchó un ruido en las ventanas, más como un chasquido, algo estaba arañando el vidrio. Él quedó petrificado, pero la negación que había desarrollado a lo largo de ese tiempo, le dio valor para asomarse a la ventana y ver de dónde provenía aquella voz que ya no estaba susurrando tras su nuca ni a lado de ningún oído, sino afuera de su casa. Se dirigió hacia la ventana y notó que el cielo estaba gris y el frío era desgarrador. Tomó una manta, se envolvió muy bien en ella y abrió la ventana. Algo rápidamente se metió; una mancha pesada y de negro espeso. Pasó tan rápido que él no pudo distinguir qué era. No supo a dónde había parado aquella mancha, así que empezó a observar cada rincón de su habitación, pero buscó en balde. Todo era dolorosamente silencioso, él se acurrucó en un rincón, a esperar. No sabía qué esperaba, pero ahí estaba: expectante. Después de un rato, volvió a escuchar la voz que estaba cerca, muy cerca. Se guió por sus oídos y se dio cuenta que la voz provenía debajo de su cama. No tenía mucho qué perder, pues, a fin de cuentas, sabía que estaba encerrado en la habitación con la cosa que se escondía debajo de la cama. Nadie lo escucharía gritar. Estaba solo. La voz seguía presente, sólo que en vez de llamarlo, reía. Una oleada de náuseas golpeó su pecho. Se arrodilló, tratando de aguantar la respiración. El sudor corría por su frente; el vello de los brazos se le erizó. Se asomó de golpe, pero la sombra había desaparecido. Se tranquilizó un poco, pero, justo cuando estaba por ponerse de pie, una mano se posó en su hombro. Y más que mano, sentía unas patas de insecto que penetraban en sus poros. Él se estremeció, seguía agachado; apretaba su estómago y el cuerpo se le endureció como si el ser tan sólido fuera a sumergirlo en el piso. Pero nada pasaba, la tierra no quería tragárselo. ”Aquí estoy, amigo mío”, fue lo que la voz le dijo. Lo que transmitía aquella… cosa, ya no eran susurros, sino una voz grave y divertida, de alguna manera, fraternal; y mientras decía eso, él sentía más insistente el tacto de aquellas patas en su hombro. Como si las patas tuvieran dedos y estuvieran dándole un apretón a su carne cual mano amistosa que estrecha a su ser querido más cercano.

La sangre se le heló y quiso hablar, pero no pudo. Era el final, y él lo sabía muy bien; era una certeza que le nacía desde lo más profundo de las entrañas. Volteó lentamente, queriendo retrasar el encuentro con la bestia, abrazarse lo más posible al tiempo que le quedaba. Por fin, después de tantos meses, se manifestaba. Las patas se le hundían cada vez más en la piel. Cerró los ojos de golpe al encontrarse frente a frente con la criatura, pero al cabo de un segundo que se le hizo eterno, los abrió. Ahí estaba. Un horror descarnado se apoderó de él. Ya no podía quitarle la vista de encima. El ente tenía su mismo rostro, a excepción de las espeluznantes garras y los ojos, que eran negros y muertos, como si dentro llevaran un abismo; el cuerpo también era diferente, el de una alimaña peluda de color azabache. La muerte era él mismo y lo miraba de vuelta. ¿Él era la muerte? Sí, era su fin, o eso pensaba. Aquel reflejo de sus propias perversiones se acercó más a él y ahí pudo ver con más horror los rasgos de aquella criatura. ¡Era exactamente igual a él! Salvo por los ojos, las garras y el pelambre puntiagudo, aquella bestia tenía sus mismos rasgos; las mismas arrugas, inclusive, la misma voz. Sus rostros quedaron frente a frente, pero él aún no se levantaba del suelo, no sentía ningún músculo, su cuerpo no respondía. Sólo sus ojos podían moverse recorriendo cada ápice del rostro de aquel ser. Ambos quedaron a una distancia muy reducida, él se perdió ahora en aquellos ojos negros e infinitos que absorbieron su mente, como si fueran un portal. De pronto se encontraba flotando en medio de la obscuridad. Ya no veía el rostro de aquella bestia, sólo había negro. Comenzó a escuchar los mismos susurros del principio que tenían forma de bolas de fuego. ”Síguenos”; le dijeron, y sin él siquiera intentarlo, algo lo impulsó hacia el camino trazado de luz. ”Yo soy tú” canturreó una que voló alrededor de él.

Poco a poco comenzó a notar una luz. Ya no estaba en un vacío absoluto, sino en una especie de túnel.

Entre tanto, abrió los ojos y se encontraba en un lugar blanco y luminoso. Habían ruidos y sonidos que marcaban un ritmo. Ese ritmo lo había escuchado antes. Podría decirse que el sonido era agudo. Sin embargo, el ritmo era constante y le recordaba a algo que ya podía reconocer. Era un latido. Pero el sonido provenía  de una fuente eléctrica. Miró hacia el resto  de su cuerpo. Estaba cubierto de blanco, como la sabana que tomó. Sin embargo, poca fuerza tenía  para levantarse. Escuchó voces de alguna persona y se alertó. Esa voz también  la reconocía. Era su madre quien gritaba:

“¡Enfermera, venga pronto, mi hijo  ha despertado!  ¡Por fin! Gracias, Dios mío, que ha salido del coma…

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Fábulas oníricas

Un demonio se me ha metido en la cama, pensó, aterrada, mientras en su interior se libraba una batalla interna entre sus dos pulmones, cada extremidad de su fisiología y también cada músculo contra un agresor etéreo que intentaba asfixiarla posando toda su hercúlea fuerza sobre su caja torácica y el resto del cuerpo. De seguro era eso, un ente de edad imprevisible, algo muy antiguo, ancestral, si no es que algo predecesor al tiempo, el mismo diablo, quizá. Era eso o que realmente se la estaba cargando la chingada. Necrosis, se repetía mentalmente demasiado rápido como para poder entender las voces atropelladas de sonidos apagados que le respondían desde un lugar recóndito del cráneo el porqué de que los dedos de la mano se le estuviesen tornando de un color violáceo desde las puntas hasta las falangetas. El demonio le estaba clavando las garras en el abdomen. No podría soportarlo mucho tiempo más. Gruesas gotas de sudor comenzaban a empapar la almohada; sólo era una fuerte sensación, pues no podía mover la cabeza para constatarlo, sólo los ojos. Sentía frío hasta en los huesos, y al mismo tiempo la piel se le incendiaba por fuera. ¿Tendría fiebre o sería el fuego del infierno que se le pegaba como el cabello se pega a la nuca en época de calor y humedad? Escuchaba risas de hombre. Una voz ronca y profunda le raspaba los oídos desde dentro. Las dimensiones de la habitación se expandían. ¿Cuánto se había alargado un metro?, ¿kilómetros? Se expandía y se contraía también, pero ¿qué?, ¿centímetros? Tal vez las leyes físicas que nos sostienen se habían vuelto más endebles durante la noche. Su cuerpo reaccionaba ante los juegos del espacio y ella misma se sentía reduciéndose y propagándose, estirándose todas las células del organismo, como si estas fueran de plástico, sin romperlas, y después volviéndolas diminutas, contra su voluntad, contra todo deseo inadvertido. Después de unos instantes, que seguramente se sintieron más de lo que realmente fueron, estaba convencida de que algo intentaba separarle las piernas. Basta, gritó, pero no salió un ruido de sus labios, igual de secos que las piedras, pues estaban totalmente cerrados. Recordó una historia lejana, algo que seguramente había escuchado en su salón de clase, en los murmullos de los pasillos, en el receso mientras comía; algo sobre un demonio masculino que aprovechaba las noches para escabullirse entre las sábanas de las féminas, cuando las creía dormidas. Cuando se dio cuenta de lo que estaba invocando su inconsciente, imploró una vez más “basta”. A su mente llegó un nombre: íncubo. Eso era. El nombre que no quería recordar, que no quería saber. Un íncubo. Dichos entes se apoderan de sus mujeres sexualmente en el estado intangible entre el sueño y la vigilia. La víctima puede sufrir la experiencia como una pesadilla sin poder despertar, pero la agonía es real. ¿Alucinación?, tal vez; ¿realidad?, lo más seguro. Una sombra se esclarece frente a ella, y ya no es tolerable el no emitir sonido alguno. La frustración de no poderse hacer escuchar por quien sea ni pedir auxilio la está matando a pasos agigantados. La sombra deja de ser él; la sombra ya no es él, sino ella, y es de día y está lloviendo. Es un día hermoso, aunque gris. No hay gotas de sudor en la almohada. Su cuerpo es libre de movimiento. La sombra es de su madre que se inclina tiernamente a besar su frente, mientras le informa que el desayuno ya está listo. Al parecer, la criatura demoniaca fracasó una vez más en el intento de dominarla en las horas inagotables de batalla nocturna, la misma que se repite casi cada noche.

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El tiempo que se detuvo

Los segundos ya no se marcan como segundos, sino como infinidades accidentales. Sus ojos siguen siendo los mismos de hace unas horas a pesar de verse ahora tan cambiados, más profundos que de costumbre, más negros que miel. Dos hoyos negros, un par de abismos cósmicos que encierran más de lo que a simple vista se percibe. Sus ojos no tienen edad ni memoria. Sus ojos son miméticos y ahora toman el aspecto del universo. El tiempo se detiene y ya toda presencia es inútil, menos la suya en esta habitación envuelta en nubes de cigarrillo y luz tenue.

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Los campos de grana

De rojo se tiñe lo blanco. La sangre como un símil ancestral para indicar depravación, la pérdida de la inocencia, el crimen. De escarlata se tiñe lo puro. Y el cazador, ágil y rápido, con pies ligeros y ensayados sobre cada uno de sus pasos, se lanza sobre su presa, cayendo desde las alturas sobre él, envuelto en un velo oscuro de noche, frío y silencio, aguantando la respiración para no agitar al ciervo en el último momento. Se deja caer desde lo alto y el tiempo se suspende. Una gota de sudor amenaza con escapar de su rostro, pero él la controla. El tiempo le ha enseñado a esperar situaciones y también a manipularlas. Paciencia y control. Vuela en las tinieblas como un murciélago, sólo para hundirse sobre él y cortarle la garganta.

Siempre le había parecido llamarse de una forma bellísima. Ix Chel, cuyo significado es Diosa de la Luna, nombre muy común entre las comunidades mayas y localidades autóctonas y tradicionalistas de la región que la vio llegar al mundo envuelta en sangre y fluidos corporales, y que, irónicamente, la vería marcharse de él de la misma forma casi dos décadas más tarde y sin un rostro, desde un lugar gélido y gris. Muchas de las niñas con las que creció bañándose tres veces por semana en el río San Pedro llevaban el mismo nombre, nada particular, pero ella le daba una connotación especial y cuasi mística, como si realmente ella y la luna tuvieran una conexión ancestral que no obedecía a las leyes del tiempo ni del espacio; que no podía romperse ni perderse, ni se regía por mandatos mortales.

A los diecisiete años se despidió de su pueblo y persiguió un sueño que se le había incubado en los sesos desde que era muy chica, irse a la ciudad o a cualquier lugar que la arrebatara de los días imperturbables y siempre iguales del pueblo, conseguir un buen trabajo y mandarles unos cuantos pesos a sus viejos padres y hermanas, ambas muy pequeñas aún para seguirle siquiera los pasos.  Dejó las verdes estepas y se despidió del río de aguas cristalinas y dulces para llegar al único lugar que le alcanzó con el billete que compró en la central camionera de su barrio. La ciudad de las maquilas y humaredas industriales en medio del desierto se le antojaba una especie de quimera de un mundo robotizado y surreal, distorsionado, pero fascinante. Las monstruosas fábricas le parecían exactamente eso, monstruos; un ejército de dragones que emergían de entre los cerros de basura y escupían fuego y tufo negro por la boca; la torre principal, un jinete de máquinas con extremidades metálicas; su antiguo hogar, todo lo contrario, era un rincón del pasado que se mantenía intocable e intacto ante lo que veían sus ojos ahí. Sentía como si hubiera viajado en el tiempo, del futuro al pasado, o viceversa, del pasado al futuro. Lo único que tenían en común estos universos suyos era el sol llameante del norte del país.

La recibió una tía materna y, aunque el trato era frío e impersonal, pronto se acomodó en la humilde casita azul en las afueras de la ciudad.

Al principio no tenía amigos ni conocidos en ese lugar, pero, poco a poco, más temprano que tarde, se hizo de un grupo reducido que incluía, en su mayoría, a mujeres de su misma edad. Ellas fueron las que la recomendaron en la maquiladora gringa que acababa de inaugurar.

Comenzaron a llamarla Itzel, pues se les hacía más sencillo y, para ellas, era un nombre más cotidiano que el original maya. Le agradó de inmediato. A fin de cuentas, Itzel significa lucero, y lo único importante era que su nombre siguiera teniendo esa relatividad con la luz de los astros.

Lo mejor eran los campos de algodón que se desplegaban majestuosamente frente a la fábrica. Con sólo cruzar la avenida destartalada que separaba el pequeño paraíso de las máquinas, Ix Chel sentía que podía volver a esa naturaleza que tanto amaba. Campo algodonero: hasta el título adjudicado era delicioso. La inspiraba a imaginar que ponía los dos pies en un jardín de nubes esponjosas que habían caído desde el cielo, prefiriendo la tierra para vivir que el firmamento. Era algo así como un universo paralelo y atemporal. Creía que el aire era más puro y claro de ese lado del césped; que flotaba entre nubecillas blancas y que, éstas mismas, caminaban de la mano con ella sobre la pastura. Le recordaba su hogar. Los campos le ayudaban a no sentirse tan perdida en una ciudad que apenas conocía, y para la que no era más que otra extraña, una de tantas mujeres que entraban y salían en turnos disparejos e infames de las maquiladoras.

Después de dos años desfilando entre las filas de mujeres vestidas de gris que nunca tenían los mismos rostros, pues la mayoría se iba al poco tiempo de ahí, Ix Chel sintió que estaba siendo observada. Había visto a la sombra en algunas ocasiones, al doblar la calle para ir a casa, en los campos, en el bar que frecuentaba después del trabajo cuando la jornada se lo permitía. Era una presencia que apenas distinguía físicamente, pero la sentía en la boca del estómago y le producía una sensación que no le gustaba, un presentimiento, escalofríos.

Su cazador la asechaba escondido tras muros de concreto. Sabía perfectamente lo que la niña hacía a cada hora del día. Se había vuelto su obsesión, su objeto de deseo. Una sed terrible lo martirizaba cada vez que la veía aparecer. Y él siempre estaba ahí, añorándola, cada vez más cerca.

El día que la mataron, Ix Chel salió corriendo muy temprano de casa de su tía vestida con un pantalón ceñido color negro con franjas de colores, o al menos así es como la describieron quienes la vieron por última vez. También llevaba un par de huaraches color rosa, así como una medallita de la virgen de Guadalupe que su madre le había colgado al cuello antes de que ella se marchara para siempre a la ciudad; un último intento de la vieja de encomendarle a su hija a la santísima patrona.

No logró llegar a tiempo a su turno. Con tan sólo dos minutos de retraso, el guardia que le rechazó la entrada se encargó de firmar su sentencia de muerte, clavándole el último clavo a su ataúd. A menudo son esos pequeños actos aparentemente indiferentes, empero cotidianos, los que marcan el porvenir de los terrestres. Cansada, Ix Chel decidió internarse un rato en los campos para guarecerse en soledad de la culpa que sentía galopeándole en el pecho como una manada de caballos bravíos.

Las florecillas la recibieron barnizadas de sol, reflejando sobre ella y su tostado rostro un sinfín de destellos tornasol. La noche anterior había llovido; aún perlaba el rocío los frágiles e hinchados brotes.

Escuchó algo crujir detrás suyo. Era la sombra que, sin voltear la mirada, sabía que la observaba con ojos fulgurantes de excitación e ira. Algo la golpeó en la cabeza y de pronto todo se volvió confuso. Pequeñas gotas de sangre saltaron de sus labios entreabiertos sobre el blanco del algodón y ya no vio más. Cayó de bruces sobre la alfombra verde, mientras sentía que la arrastraban de los pies hacia un lugar desconocido.

Ojalá hubiera tenido tiempo de despedirse de su luna.

(Cuento corto sobre las Víctimas de Estado basado en los casos de Claudia Ivette González, Esmeralda Herrera Monreal y Laura Berenice Ramos Monárrez)

 

 

 

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Lo inexorable

Se arremolinó contra su pecho; aquél par era más acogedor que cualquier colchón. La sintió jadear más apresuradamente de lo normal. Dormir a su lado le había garantizado expulsar al insomnio que lo visitaba tan metódicamente, sobre todo durante esas últimas noches. Estar con ella era saberse vencedor de la muerte por un rato más; amanecer revuelto entre su cabello de trigo, un regalo para exhortarlo a seguir respirando lo poco que le quedaba por existir. Su espalda, un jardín de amapolas. Lo que había comenzado como una anemia se le había desarrollado a pasos agigantados los últimos siete meses hasta mutar en algo más perecedero, tanto que un tratamiento sólo habría terminado de desfalcarle más vida que mejorarle los desdichados pronósticos. El diagnóstico le descabaló las altas expectativas de un matrimonio con ella, o con alguien más que hubiera podido conocer en un futuro al que la enfermedad le había mutilado las alas. El breve espacio de tiempo compartido antes del irremisible fin era un capricho que se le antojaba lastimoso, pero sustancial.

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