La ventana: Cadáver Exquisito por M. Tlemgm, Hugo Cantú y Laura Estefanía Duque

Se percató de que el alma se le estaba echando a volar, lo notaba porque sin salir de casa y sin que hiciera frío, un vaho blanco le manaba de la boca. Recordó haber leído en alguna ocasión sobre eso. Un escalofrío comenzó a treparle desde la rabadilla hasta los tímpanos. Sintió un zumbido en las orejas que más que zumbido, era un susurro. Una tenue voz le hablaba, y él podría jurar que sintió una brisa cerca del oído, como si alguien se le hubiera acercado lo suficiente como para sentir su aliento.

La voz era gélida y desconocida, parecía no tener género ni edad y no le parecía humana. ”Tal vez estás siendo paranoico”, pensó. Sintió miedo de sugestionarse a tal grado que, vuelto loco de angustia y exasperación, su corazón realmente se detuviera. La mente adquiere un poder terrible cuando la liberamos. Pero la voz era insistente, sobre todo en las mañanas. Le despertaba con un saludo firme. Él trataba de ignorarla y se repetía que sólo era su imaginación. Desde que ese extraño vapor se le escapó de la boca y la voz se hizo presente en su vida, comenzó a sufrir migraña; su piel comenzó a verse traslúcida y sueños extraños habitaban en su almohada. Pero él ignoraba todo lo que le estaba sucediendo -o al menos eso intentaba-. Cuando escuchaba la voz se miraba al espejo y le sonreía a su reflejo mientras se repetía ”esto no es real, es sólo un zumbido”

Aún así, fuera imaginación suya o realidad, la voz parecía no querer soltarlo pronto. Él aguantaba, como sostenido por una fuerza divina. Un par de ojeras verdosas y abultadas empezaban a colgarle debajo de los ojos. Aunado a todos los pensamientos fatídicos que lo acosaban y perseguían día y noche, así como a los nervios que lo traicionaban, el frío constante y el tiritar que no le daba descanso, había perdido mucho peso y su salud flaqueaba. Una tarde, la voz decidió mostrarse tal cual era. Escuchó un ruido en las ventanas, más como un chasquido, algo estaba arañando el vidrio. Él quedó petrificado, pero la negación que había desarrollado a lo largo de ese tiempo, le dio valor para asomarse a la ventana y ver de dónde provenía aquella voz que ya no estaba susurrando tras su nuca ni a lado de ningún oído, sino afuera de su casa. Se dirigió hacia la ventana y notó que el cielo estaba gris y el frío era desgarrador. Tomó una manta, se envolvió muy bien en ella y abrió la ventana. Algo rápidamente se metió; una mancha pesada y de negro espeso. Pasó tan rápido que él no pudo distinguir qué era. No supo a dónde había parado aquella mancha, así que empezó a observar cada rincón de su habitación, pero buscó en balde. Todo era dolorosamente silencioso, él se acurrucó en un rincón, a esperar. No sabía qué esperaba, pero ahí estaba: expectante. Después de un rato, volvió a escuchar la voz que estaba cerca, muy cerca. Se guió por sus oídos y se dio cuenta que la voz provenía debajo de su cama. No tenía mucho qué perder, pues, a fin de cuentas, sabía que estaba encerrado en la habitación con la cosa que se escondía debajo de la cama. Nadie lo escucharía gritar. Estaba solo. La voz seguía presente, sólo que en vez de llamarlo, reía. Una oleada de náuseas golpeó su pecho. Se arrodilló, tratando de aguantar la respiración. El sudor corría por su frente; el vello de los brazos se le erizó. Se asomó de golpe, pero la sombra había desaparecido. Se tranquilizó un poco, pero, justo cuando estaba por ponerse de pie, una mano se posó en su hombro. Y más que mano, sentía unas patas de insecto que penetraban en sus poros. Él se estremeció, seguía agachado; apretaba su estómago y el cuerpo se le endureció como si el ser tan sólido fuera a sumergirlo en el piso. Pero nada pasaba, la tierra no quería tragárselo. ”Aquí estoy, amigo mío”, fue lo que la voz le dijo. Lo que transmitía aquella… cosa, ya no eran susurros, sino una voz grave y divertida, de alguna manera, fraternal; y mientras decía eso, él sentía más insistente el tacto de aquellas patas en su hombro. Como si las patas tuvieran dedos y estuvieran dándole un apretón a su carne cual mano amistosa que estrecha a su ser querido más cercano.

La sangre se le heló y quiso hablar, pero no pudo. Era el final, y él lo sabía muy bien; era una certeza que le nacía desde lo más profundo de las entrañas. Volteó lentamente, queriendo retrasar el encuentro con la bestia, abrazarse lo más posible al tiempo que le quedaba. Por fin, después de tantos meses, se manifestaba. Las patas se le hundían cada vez más en la piel. Cerró los ojos de golpe al encontrarse frente a frente con la criatura, pero al cabo de un segundo que se le hizo eterno, los abrió. Ahí estaba. Un horror descarnado se apoderó de él. Ya no podía quitarle la vista de encima. El ente tenía su mismo rostro, a excepción de las espeluznantes garras y los ojos, que eran negros y muertos, como si dentro llevaran un abismo; el cuerpo también era diferente, el de una alimaña peluda de color azabache. La muerte era él mismo y lo miraba de vuelta. ¿Él era la muerte? Sí, era su fin, o eso pensaba. Aquel reflejo de sus propias perversiones se acercó más a él y ahí pudo ver con más horror los rasgos de aquella criatura. ¡Era exactamente igual a él! Salvo por los ojos, las garras y el pelambre puntiagudo, aquella bestia tenía sus mismos rasgos; las mismas arrugas, inclusive, la misma voz. Sus rostros quedaron frente a frente, pero él aún no se levantaba del suelo, no sentía ningún músculo, su cuerpo no respondía. Sólo sus ojos podían moverse recorriendo cada ápice del rostro de aquel ser. Ambos quedaron a una distancia muy reducida, él se perdió ahora en aquellos ojos negros e infinitos que absorbieron su mente, como si fueran un portal. De pronto se encontraba flotando en medio de la obscuridad. Ya no veía el rostro de aquella bestia, sólo había negro. Comenzó a escuchar los mismos susurros del principio que tenían forma de bolas de fuego. ”Síguenos”; le dijeron, y sin él siquiera intentarlo, algo lo impulsó hacia el camino trazado de luz. ”Yo soy tú” canturreó una que voló alrededor de él.

Poco a poco comenzó a notar una luz. Ya no estaba en un vacío absoluto, sino en una especie de túnel.

Entre tanto, abrió los ojos y se encontraba en un lugar blanco y luminoso. Habían ruidos y sonidos que marcaban un ritmo. Ese ritmo lo había escuchado antes. Podría decirse que el sonido era agudo. Sin embargo, el ritmo era constante y le recordaba a algo que ya podía reconocer. Era un latido. Pero el sonido provenía  de una fuente eléctrica. Miró hacia el resto  de su cuerpo. Estaba cubierto de blanco, como la sabana que tomó. Sin embargo, poca fuerza tenía  para levantarse. Escuchó voces de alguna persona y se alertó. Esa voz también  la reconocía. Era su madre quien gritaba:

“¡Enfermera, venga pronto, mi hijo  ha despertado!  ¡Por fin! Gracias, Dios mío, que ha salido del coma…

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