Fábulas oníricas

Un demonio se me ha metido en la cama, pensó, aterrada, mientras en su interior se libraba una batalla interna entre sus dos pulmones, cada extremidad de su fisiología y también cada músculo contra un agresor etéreo que intentaba asfixiarla posando toda su hercúlea fuerza sobre su caja torácica y el resto del cuerpo. De seguro era eso, un ente de edad imprevisible, algo muy antiguo, ancestral, si no es que algo predecesor al tiempo, el mismo diablo, quizá. Era eso o que realmente se la estaba cargando la chingada. Necrosis, se repetía mentalmente demasiado rápido como para poder entender las voces atropelladas de sonidos apagados que le respondían desde un lugar recóndito del cráneo el porqué de que los dedos de la mano se le estuviesen tornando de un color violáceo desde las puntas hasta las falangetas. El demonio le estaba clavando las garras en el abdomen. No podría soportarlo mucho tiempo más. Gruesas gotas de sudor comenzaban a empapar la almohada; sólo era una fuerte sensación, pues no podía mover la cabeza para constatarlo, sólo los ojos. Sentía frío hasta en los huesos, y al mismo tiempo la piel se le incendiaba por fuera. ¿Tendría fiebre o sería el fuego del infierno que se le pegaba como el cabello se pega a la nuca en época de calor y humedad? Escuchaba risas de hombre. Una voz ronca y profunda le raspaba los oídos desde dentro. Las dimensiones de la habitación se expandían. ¿Cuánto se había alargado un metro?, ¿kilómetros? Se expandía y se contraía también, pero ¿qué?, ¿centímetros? Tal vez las leyes físicas que nos sostienen se habían vuelto más endebles durante la noche. Su cuerpo reaccionaba ante los juegos del espacio y ella misma se sentía reduciéndose y propagándose, estirándose todas las células del organismo, como si estas fueran de plástico, sin romperlas, y después volviéndolas diminutas, contra su voluntad, contra todo deseo inadvertido. Después de unos instantes, que seguramente se sintieron más de lo que realmente fueron, estaba convencida de que algo intentaba separarle las piernas. Basta, gritó, pero no salió un ruido de sus labios, igual de secos que las piedras, pues estaban totalmente cerrados. Recordó una historia lejana, algo que seguramente había escuchado en su salón de clase, en los murmullos de los pasillos, en el receso mientras comía; algo sobre un demonio masculino que aprovechaba las noches para escabullirse entre las sábanas de las féminas, cuando las creía dormidas. Cuando se dio cuenta de lo que estaba invocando su inconsciente, imploró una vez más “basta”. A su mente llegó un nombre: íncubo. Eso era. El nombre que no quería recordar, que no quería saber. Un íncubo. Dichos entes se apoderan de sus mujeres sexualmente en el estado intangible entre el sueño y la vigilia. La víctima puede sufrir la experiencia como una pesadilla sin poder despertar, pero la agonía es real. ¿Alucinación?, tal vez; ¿realidad?, lo más seguro. Una sombra se esclarece frente a ella, y ya no es tolerable el no emitir sonido alguno. La frustración de no poderse hacer escuchar por quien sea ni pedir auxilio la está matando a pasos agigantados. La sombra deja de ser él; la sombra ya no es él, sino ella, y es de día y está lloviendo. Es un día hermoso, aunque gris. No hay gotas de sudor en la almohada. Su cuerpo es libre de movimiento. La sombra es de su madre que se inclina tiernamente a besar su frente, mientras le informa que el desayuno ya está listo. Al parecer, la criatura demoniaca fracasó una vez más en el intento de dominarla en las horas inagotables de batalla nocturna, la misma que se repite casi cada noche.

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