Los campos de grana

De rojo se tiñe lo blanco. La sangre como un símil ancestral para indicar depravación, la pérdida de la inocencia, el crimen. De escarlata se tiñe lo puro. Y el cazador, ágil y rápido, con pies ligeros y ensayados sobre cada uno de sus pasos, se lanza sobre su presa, cayendo desde las alturas sobre él, envuelto en un velo oscuro de noche, frío y silencio, aguantando la respiración para no agitar al ciervo en el último momento. Se deja caer desde lo alto y el tiempo se suspende. Una gota de sudor amenaza con escapar de su rostro, pero él la controla. El tiempo le ha enseñado a esperar situaciones y también a manipularlas. Paciencia y control. Vuela en las tinieblas como un murciélago, sólo para hundirse sobre él y cortarle la garganta.

Siempre le había parecido llamarse de una forma bellísima. Ix Chel, cuyo significado es Diosa de la Luna, nombre muy común entre las comunidades mayas y localidades autóctonas y tradicionalistas de la región que la vio llegar al mundo envuelta en sangre y fluidos corporales, y que, irónicamente, la vería marcharse de él de la misma forma casi dos décadas más tarde y sin un rostro, desde un lugar gélido y gris. Muchas de las niñas con las que creció bañándose tres veces por semana en el río San Pedro llevaban el mismo nombre, nada particular, pero ella le daba una connotación especial y cuasi mística, como si realmente ella y la luna tuvieran una conexión ancestral que no obedecía a las leyes del tiempo ni del espacio; que no podía romperse ni perderse, ni se regía por mandatos mortales.

A los diecisiete años se despidió de su pueblo y persiguió un sueño que se le había incubado en los sesos desde que era muy chica, irse a la ciudad o a cualquier lugar que la arrebatara de los días imperturbables y siempre iguales del pueblo, conseguir un buen trabajo y mandarles unos cuantos pesos a sus viejos padres y hermanas, ambas muy pequeñas aún para seguirle siquiera los pasos.  Dejó las verdes estepas y se despidió del río de aguas cristalinas y dulces para llegar al único lugar que le alcanzó con el billete que compró en la central camionera de su barrio. La ciudad de las maquilas y humaredas industriales en medio del desierto se le antojaba una especie de quimera de un mundo robotizado y surreal, distorsionado, pero fascinante. Las monstruosas fábricas le parecían exactamente eso, monstruos; un ejército de dragones que emergían de entre los cerros de basura y escupían fuego y tufo negro por la boca; la torre principal, un jinete de máquinas con extremidades metálicas; su antiguo hogar, todo lo contrario, era un rincón del pasado que se mantenía intocable e intacto ante lo que veían sus ojos ahí. Sentía como si hubiera viajado en el tiempo, del futuro al pasado, o viceversa, del pasado al futuro. Lo único que tenían en común estos universos suyos era el sol llameante del norte del país.

La recibió una tía materna y, aunque el trato era frío e impersonal, pronto se acomodó en la humilde casita azul en las afueras de la ciudad.

Al principio no tenía amigos ni conocidos en ese lugar, pero, poco a poco, más temprano que tarde, se hizo de un grupo reducido que incluía, en su mayoría, a mujeres de su misma edad. Ellas fueron las que la recomendaron en la maquiladora gringa que acababa de inaugurar.

Comenzaron a llamarla Itzel, pues se les hacía más sencillo y, para ellas, era un nombre más cotidiano que el original maya. Le agradó de inmediato. A fin de cuentas, Itzel significa lucero, y lo único importante era que su nombre siguiera teniendo esa relatividad con la luz de los astros.

Lo mejor eran los campos de algodón que se desplegaban majestuosamente frente a la fábrica. Con sólo cruzar la avenida destartalada que separaba el pequeño paraíso de las máquinas, Ix Chel sentía que podía volver a esa naturaleza que tanto amaba. Campo algodonero: hasta el título adjudicado era delicioso. La inspiraba a imaginar que ponía los dos pies en un jardín de nubes esponjosas que habían caído desde el cielo, prefiriendo la tierra para vivir que el firmamento. Era algo así como un universo paralelo y atemporal. Creía que el aire era más puro y claro de ese lado del césped; que flotaba entre nubecillas blancas y que, éstas mismas, caminaban de la mano con ella sobre la pastura. Le recordaba su hogar. Los campos le ayudaban a no sentirse tan perdida en una ciudad que apenas conocía, y para la que no era más que otra extraña, una de tantas mujeres que entraban y salían en turnos disparejos e infames de las maquiladoras.

Después de dos años desfilando entre las filas de mujeres vestidas de gris que nunca tenían los mismos rostros, pues la mayoría se iba al poco tiempo de ahí, Ix Chel sintió que estaba siendo observada. Había visto a la sombra en algunas ocasiones, al doblar la calle para ir a casa, en los campos, en el bar que frecuentaba después del trabajo cuando la jornada se lo permitía. Era una presencia que apenas distinguía físicamente, pero la sentía en la boca del estómago y le producía una sensación que no le gustaba, un presentimiento, escalofríos.

Su cazador la asechaba escondido tras muros de concreto. Sabía perfectamente lo que la niña hacía a cada hora del día. Se había vuelto su obsesión, su objeto de deseo. Una sed terrible lo martirizaba cada vez que la veía aparecer. Y él siempre estaba ahí, añorándola, cada vez más cerca.

El día que la mataron, Ix Chel salió corriendo muy temprano de casa de su tía vestida con un pantalón ceñido color negro con franjas de colores, o al menos así es como la describieron quienes la vieron por última vez. También llevaba un par de huaraches color rosa, así como una medallita de la virgen de Guadalupe que su madre le había colgado al cuello antes de que ella se marchara para siempre a la ciudad; un último intento de la vieja de encomendarle a su hija a la santísima patrona.

No logró llegar a tiempo a su turno. Con tan sólo dos minutos de retraso, el guardia que le rechazó la entrada se encargó de firmar su sentencia de muerte, clavándole el último clavo a su ataúd. A menudo son esos pequeños actos aparentemente indiferentes, empero cotidianos, los que marcan el porvenir de los terrestres. Cansada, Ix Chel decidió internarse un rato en los campos para guarecerse en soledad de la culpa que sentía galopeándole en el pecho como una manada de caballos bravíos.

Las florecillas la recibieron barnizadas de sol, reflejando sobre ella y su tostado rostro un sinfín de destellos tornasol. La noche anterior había llovido; aún perlaba el rocío los frágiles e hinchados brotes.

Escuchó algo crujir detrás suyo. Era la sombra que, sin voltear la mirada, sabía que la observaba con ojos fulgurantes de excitación e ira. Algo la golpeó en la cabeza y de pronto todo se volvió confuso. Pequeñas gotas de sangre saltaron de sus labios entreabiertos sobre el blanco del algodón y ya no vio más. Cayó de bruces sobre la alfombra verde, mientras sentía que la arrastraban de los pies hacia un lugar desconocido.

Ojalá hubiera tenido tiempo de despedirse de su luna.

(Cuento corto sobre las Víctimas de Estado basado en los casos de Claudia Ivette González, Esmeralda Herrera Monreal y Laura Berenice Ramos Monárrez)

 

 

 

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2 thoughts on “Los campos de grana

  1. Hugo dice:

    Bastante crudo y a la vez real. Cambiar una realidad por otra buscando algo difetente pero encontrando la misma escencia. Me agrado bastante el cuento. Así como la forma en como fue contada. Pero no puedo omitir que basado en hechos reales me ha dejado con un nudo en la garganta.

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