Lo inexorable

Se arremolinó contra su pecho; aquél par era más acogedor que cualquier colchón. La sintió jadear más apresuradamente de lo normal. Dormir a su lado le había garantizado expulsar al insomnio que lo visitaba tan metódicamente, sobre todo durante esas últimas noches. Estar con ella era saberse vencedor de la muerte por un rato más; amanecer revuelto entre su cabello de trigo, un regalo para exhortarlo a seguir respirando lo poco que le quedaba por existir. Su espalda, un jardín de amapolas. Lo que había comenzado como una anemia se le había desarrollado a pasos agigantados los últimos siete meses hasta mutar en algo más perecedero, tanto que un tratamiento sólo habría terminado de desfalcarle más vida que mejorarle los desdichados pronósticos. El diagnóstico le descabaló las altas expectativas de un matrimonio con ella, o con alguien más que hubiera podido conocer en un futuro al que la enfermedad le había mutilado las alas. El breve espacio de tiempo compartido antes del irremisible fin era un capricho que se le antojaba lastimoso, pero sustancial.

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